Pedro Opeka, misionero vicentino

Desde el momento en que descubrió su vocación, tenía claro que lo suyo era ser sacerdote misionero, ir a otros pueblos, como lo hacía Jesús. Por eso, no dudó en responder a la carta de su Superior, que pedía un voluntario para la misión de Madagascar. Pedro Opeka, dejó su natal Argentina y se embarcó en un viaje sin retorno y con nombre propio: “Akamasoa”. Era el memorable año 68, y tenía 22 años cuando llegó, por primera vez, a este país insular del Océano Índico.

Con el paso de los años su barba blanca coincide con su semblanza de profeta, sus manos atesoran la huella de muchas horas de trabajo con la gente y su mirada profunda transmite la experiencia de un misionero consumado.

¿Por qué decidió viajar a una tierra tan lejana?

Cuando uno es joven no elige. Uno va a donde lo necesitan. Y cuando llegué a Madagascar me di cuenta de que había llegado a un país pobre pero muy acogedor.

¿Ya era sacerdote?

No, era seminarista. Había pedido una experiencia de dos años, trabajando con mis propias manos en la construcción. Entre la filosofía y la teología hice una pausa y me fui a trabajar a Madagascar antes de convertirme en sacerdote y misionero. Fue una experiencia extraordinaria. Era un joven entre los jóvenes, y no era alguien a quien la gente ponía en el altar, lejos de la vida. Fue entonces cuando me entusiasmé por ese país que necesitaban misioneros, y yo veía que la situación de pobreza en la que vivía la gente se podría vencer o disminuir.

¿Cómo nació Akamasoa?

Después de vivir 15 años en el sur-oeste de Madagascar, mi comunidad me pidió que me encargara de un seminario que se encontraba en la capital, acompañando a los jóvenes que se postulaban para el sacerdocio en la Congregación de la Misión de San Vicente de Paul. Pero la Providencia tenía otros proyectos. Llegando a la capital vi una pobreza que no tenía nombre. Cuando fui al basurero y vi a miles de niños que se peleaban en la basura con los animales, me quedé perplejo, sin palabra. Me dije: “aquí no tengo derecho a hablar, solo hay que actuar”. Y esa noche hice una alianza con Dios, le dije: “ayúdame a hacer algo por estos niños del basurero”. Yo no sabía qué, pero había que hacer algo para salvar a esos miles de niños. Al día siguiente me fui a ver a esas familias y así comencé: como un desconocido, sin dinero, sin ayudas, pero con la convicción de que cada niño, cada pobre, es amado por Dios. Así me zambullí en ese mundo de miseria para intentar cambiarlo.

¿Y lo consiguió?

No fue fácil. Al comienzo fui mal recibido, con insultos e indiferencias. Ellos después veían que yo no les tenía rencor, que simplemente era como un hermano y que me preocupaba de sus niños. Es un carisma que Dios me ha dado, ellos vienen a mí, gritan: ¡ahí está el Padre!, y me toman como rehén. Cuando los padres ven el amor que ellos le tienen a uno, dicen: “este es uno de los nuestros” y, bueno, yo pienso que me gané el corazón de la gente.

Organización y participación

¿Entonces se empezaron a organizar?

Hicimos los primeros restaurantes donde le dábamos de comer a algunos niños y comenzamos las escuelas, creamos centros de salud para los niños y las madres, y entonces la gente vio que eso iba en serio. Ellos habían recibido muchas promesas, pero nadie las había cumplido. Por eso, cuando yo decía: ¡Vamos!, me miraban como a un marciano. Yo nunca propuse nada que no pudiera cumplir. Me lanzaba a aquello que podía lograr con la ayuda de ellos. Así fuimos comenzando, paso a paso.

Hoy tenemos 10.000 mil niños y jóvenes escolarizados. Y hemos buscado la manera de que todos participen y la gente participa porque son sus hijos. Para los hombres hemos creado trabajos y hemos construido viviendas. Yo le agradezco a Dios porque, cuando era muy joven, mi padre me enseñó el oficio de albañil.

¿Usted les ayudó a construir las casas?

A la par con ellos. No había dinero, así que construimos con barro. ¡Ellos no lo podían creer! Fue así como se fueron convenciendo de que yo estaba allí por ellos, por una misión que va más allá de nuestras razas y de todos los prejuicios. Aquello realmente era vivir una fraternidad sin fronteras.

Y en ese camino, ¿también han tenido tropiezos?

Si, varios. Uno de ellos fue el robo de un salario de 3.500 dólares. Aunque nos quedamos casi sin comer por una semana, lo que más nos dolió fue la traición de alguien que les había dicho a los 18 malhechores que nos invadieron, que allí había dinero. Fue una experiencia terrible. Luego tuvimos la peste, luego el cólera, con 250 casos, de los cuales los 11 primeros fueron mortales. Tuvimos miedo, pero permanecimos juntos. Después nos robaron dos veces más. Otro acontecimiento lamentable fue la muerte de más 10 obreros en un accidente. El patrón que los llevaba los trataba como animales y el camión se volcó y los aplastó.

También recuerdo que cuando habíamos terminado de construir uno de los pueblos, 150 casas se nos quemaron en una noche. Gracias a Dios no hubo muertos aunque tuvimos 9 heridos. Esa noche no me dijeron nada porque estaba con paludismo, con fiebre. Al día siguiente fui al lugar. La gente estaba allí, junto a las cenizas. Yo les pregunté: “¿qué vamos a hacer, nos vamos a rendir o comenzamos de nuevo?”. Y dijeron: “comencemos de nuevo”. Entonamos un canto de acción de gracias a la Virgen, para que nos diera fuerzas, y comenzamos de nuevo.

Problemas hemos tenido todo el tiempo, por montones, fueron pruebas difíciles. Pero bueno, junto al equipo, con el pueblo, con las oraciones y con nuestras misas, hemos vencido todas las pruebas.

La misa de Akamasoa es muy conocida, ¿verdad?

Sí. La misa del domingo es especial. Ahora atrae turistas de todos los países, y algunos guías dicen que si usted está ese día en la capital, no se puede perder la misa de Akamasoa. La misa dura tres horas y participan siete mil personas. Pero el tiempo se pasa porque se canta y se participa mucho. Los maestros de nuestras escuelas participan en la liturgia, la animación, la acogida de la gente. Es algo que se fue creando y fue creciendo con el pueblo.

¿Cuántos eran al inicio y cuántos son ahora?

Al inicio éramos menos de 1000. Ahora, después de 23 años, ya somos 20.000 personas y estamos organizados en 18 pueblos.

Entonces, un grupo de gente que vivía en los basureros, ahora son 18 pueblos organizados, con vivienda, escuela y trabajo.

Todo se ha hecho con la participación de la comunidad y con el apoyo de un ejército de 412 colaboradores.

“Los buenos amigos”

Ahora sí cuénteme qué quiere decir Akamasoa

En lengua madagache quiere decir “los buenos amigos”. Akamasoa es mi familia, mi pueblo, mis hijos, mis hermanitos, por los cuales tengo que seguir peregrinando. Akamasoa es el pueblo del cual hago parte.

Por último, ¿qué se puede hacer para apoyar a Akamasoa?

Si alguien quiere ayudar a Akamasoa debe ayudar a los pobres que tiene cerca, en su barrio, en su pueblo. Eso es apoyar a Akamasoa. Porque si vamos salvando a todos los pobres, hacemos una cadena. Ningún pobre debería decir que nadie le ha extendido la mano, nadie le ha dirigido la palabra ni nadie se ha tomado el tiempo para escucharlo. Ayudar a Akamasoa es seguir el fin por el cual se ha construido este sueño: ayudar a los más pobres. VNC

TEXTO: ÓSCAR ELIZALDE.

FOTOS: FRIENDS OF FATHER PEDRO OPEKA