Gerardo Meneses

La luna en los almendros gana un barco de Vapor

 

 

Creció siendo el menor de los 11 hijos que criaron Marta Elena Claros y Jesús Meneses en Pitalito, departamento del Huila. En medio del aroma de café, generado por el negocio de su padre, quien lo comercializaba con el éxito suficiente como para sostener aquella numerosa familia, Gerardo se vio rodeado siempre de mucha gente. Pero fueron los libros lo que a muy temprana edad le impresionaron más.

“Los primeros recuerdos que tengo, son las cartillas de mis hermanos mayores, las ilustraciones que me encantaba ver y, sin proponérmelo, los textos que allí aparecían y que tan pronto aprendí a leer, leía con un gusto extraño para un niño de siete u ocho años”, comenta hoy con tono de añoranza. Confiesa que la influencia de sus maestros iniciales en la escuela fue determinante para manifestar las primeras señales de su inclinación por la palabra escrita. “Doña Elvia de Llanos en 1º de primaria, la señorita Mery Basto en 3º. A ellas les debo el acercamiento con los libros, ellas abrían la biblioteca del salón que permanecía siempre con llave y me pasaban unos libros grandes, ilustrados, con unas historias que no alcanzaba a leer completas pero de las que aún hoy recuerdo sus nombres y sus personajes”.
Cuando ingresó a la Escuela Normal Superior de Pitalito, los profesores Teófilo Carvajal y Fabiola Peña, quienes dictaban literatura y sociales respectivamente, descubrieron en aquel joven una afición por las letras más allá del promedio, razón por la cual ambos desde su perspectiva estimularon su imaginación y no erraron.
“Empecé a estudiar literatura con la absoluta convicción que era eso lo que quería hacer. En la casa la noticia no cayó del todo bien y cuando dejé Pitalito y me fui a la universidad en Bogotá, nadie se opuso. De ahí en adelante, las veces que he estado en la universidad ha sido para estudiar literatura”.
Se hizo maestro, pero no se limitó a transmitir un conocimiento alrededor de la lengua española. Empezó a escribir con el propósito de concebir algo con valor literario. Aprovechó sus recorridos por algunas zonas del territorio nacional para plasmarlos con imaginación sobre un texto que en forma de novela trascendió recientemente en Bogotá.
Fueron dos años de investigación en terreno sobre los departamentos de Caquetá, Cauca y Putumayo hablando con la gente, con los niños, con las maestras de escuela, con la guerrilla, los paramilitares y el ejército, lo que le sirvió como materia prima para escribir “La luna en los almendros”, con la que ganó un Barco de Vapor. Explica que siempre le inquietó “esa otra Colombia, la que veía en las noticias, atravesada por la guerra, por un conflicto armado en el que la peor parte la llevan los niños” y cuenta que recreó la historia, “inventé unos personajes, añadí unas situaciones, quité otras, hasta dar con el texto que finalmente le dio vida a la novela”.
Con alegría comenta que su familia ha sido su apoyo e inspiración. “Aman mi trabajo, se enorgullecen de él, gozan con los reconocimientos, pero sobretodo son el soporte para escribir, para tener un sitio bello como lo es “Casagrande”, nuestra casa en Pitalito, desde donde escribo, donde vivimos”.
En medio de esa alegría también está la preocupación por Pitalito, su actual entorno, el mismo que lo vio crecer. “Me preocupa lo social, la tendencia cada vez más arraigada a ser un pueblo de todos, espero que nunca nos pase aquello de que es un pueblo de nadie, pero ha llegado gente extraña, grandes riquezas nacidas de la nada que hacen parte de esa sociedad al margen de las buenas costumbres, de la dignidad o el respeto.
Por todo lo anterior, tiene claro que seguirá escribiendo con la misma pasión con la que pudo escribir su novela, por lo que ahora mismo anda buscando historias para tenerle a los niños. También concluye que su objetivo continuará en “vivir la vida normal dándole gracias a Dios de todo lo que me da para beneficio personal de quienes estén a mi lado”. VNC