En la ciudad de Brescia (en el norte de Italia) se encuentra el Instituto Pablo VI, un centro de recogida de datos sobre la persona del papa Montini. En Brescia se respiran aires montinianos por todas partes. Brescia, como se sabe, es la patria norteña de Pablo VI, donde él nació y recibió su formación juvenil. Aunque, para ser más exactos, él nació a ocho kilómetros de Brescia, en el pueblo de veraneo de sus padres, Concesio.
Pues bien, a la ciudad de Brescia se dirigía, el domingo 8 de noviembre de 2009, el papa Benedicto XVI para honrar la figura de este gran Papa que fue Giovanni Battista Montini. En la plaza llamada así, de ‘Pablo VI’, en el atrio de la catedral, bajo una lluvia intensa y un cielo gris, el papa Ratzinger, a quien precisamente Montini en su momento había ordenado obispo, se refirió a él como un “apasionado de la Iglesia”.
Es verdad. Si por algo se puede resumir la vida de Pablo VI, es por esto mismo: por haber sido “un apasionado de la Iglesia”. Recogía en este contexto Benedicto XVI una cita del propio papa Montini: “Podría decir que siempre he amado a la Iglesia (…), y que por ella, no por otra cosa, me parece haber vivido. Pero quisiera que la Iglesia lo supiera”.
“¿Qué se puede añadir a palabras tan altas e intensas?”, decía el papa Ratzinger en Brescia. “Solo quisiera subrayar esta última visión de la Iglesia pobre y libre (…)”, añadía el Papa actual. Y decía también: “Pablo VI dedicó todas sus energías al servicio de la Iglesia, siendo lo más conforme posible a su Señor Jesucristo, de modo que, al encontrarla, el hombre contemporáneo pudiera encontrar a Jesús, porque de Él tiene necesidad absoluta”.
Conciencia, renovación, diálogo: estas son las tres palabras claves, elegidas por Pablo VI para expresar sus “pensamientos dominantes” –como él los define– al comenzar su ministerio. Las tres palabras tienen que ver con
la Iglesia: toma de conciencia de lo que ya es la Iglesia (y de lo que está llamada a ser con más empeño); renovación y reforma permanentes, promovidas por el Concilio (en el que él tuvo desde el principio de su ministerio puestos los ojos); y diálogo (ad intra y ad extra) o “coloquio”, tal y como él llama al diálogo. La palabra “coloquio” introduce un matiz familiar y cercano, importante, porque es muy difícil dialogar desde fuera. Estos son, precisamente, los tres grandes capítulos de la encíclica Ecclesiam Suam, su primera encíclica programática, aparecida en el Ferragosto romano de 1964, con un tema único: los “caminos de la Iglesia”3. Y estas son, también, las tres grandes líneas de fuerza que compendian el primer gran discurso que el papa Montini dirige a la asamblea conciliar (y al mundo entero) en la solemne apertura de la segunda sesión del Vaticano II, casi un año antes de que apareciera la encíclica. El documento papal ve la luz un 6 de agosto de 1964. Y la apertura de la segunda sesión conciliar fue un 29 de septiembre de 1963 (casi un año antes). Se pueden poner en paralelo para ver las coincidencias, no casuales, entre la encíclica y el trascendental discurso de apertura de la segunda sesión del Concilio, solo tres meses después de la elección de Montini como papa4. Todo un programa pastoral. En torno a estos tres quicios (conciencia de lo que está llamada a ser la Iglesia, renovación y diálogo) quisiera yo que girara este Pliego de Vida Nueva. ¿En qué momento de estas tres grandes propuestas (“conciencia eclesial”, “renovación o reforma eclesiales” y “diálogo ad intra y ad extra” nos encontramos hoy día? ¿Qué tareas, a mi juicio, quedan pendientes todavía después del Vaticano II?
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