IVÁN ANTONIO MARIN LÓPEZ. Arzobispo de Popayán
El cuatro de febrero a las tres de la tarde en el parque central de Villarrica, nos congregamos con una gran comunidad para celebrar los funerales, de cuerpo presente, de cinco de las víctimas del atentado terrorista del día anterior; en el templo no era posible albergar a la multitud que quería rezar y darle el último adiós a sus seres queridos. Me acompañaban varios sacerdotes de las parroquias vecinas, la mayoría de la gente guardaba silencio, pero estaban inconsolables los padres del niño de ocho años y de la niña de apenas catorce. Se comprenderá el dolor, el miedo, los interrogantes que todos se hacen…la oración tranquilizó los ánimos e hicieron que volaran las esperanzas más allá de lo visible y se intuyera esa luz misteriosa que se espera cuando cantamos “quien cree en Ti, Señor, no morirá para siempre”. Dolor semejante han sufrido las comunidades de Toribío, de Tacueyó, Jambaló, Argelia, Silvia, Tumaco y otras muchas solo en los últimos meses. Parece que se viviera un largo viacrucis que martiriza al Cauca y al sur occidente de Colombia.
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