Una Iglesia que lucha por seguir en pie

El domingo 15 de mayo era un día de fiesta en el que miles de niños recibían su primera comunión. Así sucedió en toda España. Salvo en Lorca. Del centenar de chavales que iban a vivir esa celebración en cualquiera de las trece iglesias de la ciudad murciana, solo siete pudieron hacerlo: en medio de la plaza de San José, bajo una carpa portátil y en un ambiente íntimo y recogido. Y es que Lorca era (y seguirá siendo por un tiempo difícil de determinar) una ciudad aturdida, triste. Cuatro días antes, el miércoles 11, minutos antes de las siete de la tarde, dos terremotos, de 4,4 y 5,1 en la escala Richter, habían acabado con la vida de nueve personas (entre las que había un menor y dos embarazadas), producido decenas de heridos y afectado a un número importante de edificios. Durante varios días, tuvieron que pasar la noche al raso muchos de los más de 90.000 habitantes de la ciudad. Otros se habían ido a los pueblos de alrededor. Todos con la misma congoja e incertidumbre de saber cuál era el estado de sus hogares.
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